Hace algún tiempo conocí a una ninfa de largas piernas y cabellos dorados. Era una ninfa alegre, divertida, siempre estaba planeando alguna nueva aventura que correr con las otras ninfas. Se levantaba al amanecer y corría diligente por los bosques a realizar sus tareas; haciendo sonar los arroyos, susurrando al viento, rozando levemente las flores para que se abrieran al sol, y todas esas cosas que hacen las ninfas. En sus ratos libres, corría a jugar con todos los seres mágicos del bosque encantado.Pero esta ninfa guardaba un secreto, algo que la atormentaba.¡ NO TENÍA CORAZÓN ! Cuando era muy joven, sus alas aún no habían acabado de crecer, un malvado sátiro hizo que el frágil corazón de la ninfa se rompiera en mil pedazos, dejando un vacío en su interior que ella no era capaz de llenar.
Con el paso de los años se acostumbró a vivir así, aunque en ocasiones, cuando los vientos del norte soplaban atravesando ese hueco en su pecho, sentía un dolor tan intenso que hacía que una lágrima resbalara por su mejilla. Cosa extraña, porque las ninfas no pueden llorar, el llanto no forma parte de su naturaleza.
Quiso el destino que un día de otoño, en uno de sus viajes, esta dulce ninfa se cruzara con un sátiro llegado de tierras lejanas. Se cruzaron sus miradas y, sin que ella se diera cuenta, él colocó en su pecho un nuevo corazón.
¡Qué contenta estaba la pequeña ninfa! Ya no sentía ese vacío en su interior y, cuando el sátiro le susurraba al oido, su nuevo corazón latía con fuerza haciendo que sus ojos brillaran como las estrellas en el cielo.
Al poco tiempo, el sátiro comenzó a comportarse de una extraña manera, provocando en la ninfa un gran desasosiego. Ella no entendía lo que estaba ocurriendo, pero sentía un gran dolor. Tardó algunos días en darse cuenta de que ese dolor partía de su corazón, que se desgarraba a causa de la desilusión. Aquel dolor, era mucho peor que el que sentía antes, aunque ahora las lágrimas ni siquiera asomaban a sus ojos.
Cuentan los habitantes del bosque, que una noche de luna llena, no pudiendo soportarlo más, se dirigió al borde de un acantilado, arrancó de su pecho la causa de su desdicha y lo arrojó al vacío.
Desde entonces vuelve a ser la de antes, y vive nuevas aventuras; pero cuando llega el otoño, en las noches de luna llena, sus sollozos atraviesan el silencio del bosque, recordando en su soledad que ya nunca volverá a amar.

